Hoy ella se había dado cuenta que en lo más profundo de su corazón de adulta, independiente y autónoma, que le daba mucho miedo hacer amigos.
Ella deseaba hacer amigos, los necesitaba, era una persona que necesitaba contar sus cosas, reír, tener con quien salir, con quien compartir actividades... y con la mudanza no tenía amigos. Hoy se dio cuenta del miedo que tenia a ilusionarse en hacer una nueva amistad cuando la havian invitado a tomar algo las mujeres de la oficina.
Salió con ellas, se lo pasó genial y aparentemente ellas también, como un grupo de amigas que hacía años que se conocían. Compartieron todo lo que nuestra protagonista deseaba, pero al volver a casa...
Al volver a casa su inseguridad tomó las riendas y empezó a rememorar cada palabra, anécdota que había contado. Pensando, horrorizada, que en cualquier momento lo podrian usar en su contra, que a lo mejor en ese mismo momento se estaban burlando de ella...
Intentó apartar esos terribles pensamientos de la cabeza, que fueron sustituidos por otros: ¿y si se habían aburrido de su charla? ¿y si había hablado demasiado? ¿y si ahora ya no querrían salir con ella nunca más porque había dado una mala impresión?
Volvió a casa y se miró al espejo. Con todos estos pensamientos su ceño estaba fruncido, se reflejaba la angustia de su pecho, la ansiedad, la respiración agitada que provocaban esos pensamientos horribles...
No tuvo más remedio que tomarse una infusión para dormir, intentar relajarse y desconectar sus emociones con una serie sin sentido y, cuando le venciera el sueño, quedarse dormida en el sofá.

