Los que tenemos la desgracia de tener un mundo interior amplio, somos los más observadores, callados, tímidos, pero a la vez los que recogemos la información del mundo, de la gente que nos rodea, de las energías...
Somos los que nos movemos por intuiciones, los que fruncimos el ceño en una situación "normal" y "cordial" con otros humanos, los que volvemos a casa con la cabeza baja pensando y repasando cada movimiento, cada tick, cada respiración de las personas con las que hemos estado y preguntándonos por qué su cuerpo y su mirada decían una cosa y sus palabras otra.
Los afortunados vuelven a su hogar, ubicado en un lugar tranquilo, donde no pasan coches, donde no se oye la electricidad estática de una torre de electricidad, donde no se oye a gente gritar por la calle o hablar alto. Suspiran en su balcón con una taza de té calentito en la mano, y descargan todas las energías de los demás que se le han quedado pegadas en su piel. Poco a poco, van soltando lastre, como un soldado que entra en su tienda después de un día duro de batalla, donde ha sobrevivido a un día más, y poco a poco se desata la armadura manchada de sudor y sangre, pieza por pieza, para desvestirse e irse a darse un baño.
Los que no somos tan afortunados vivimos con media armadura puesta constantemente, porque no podemos desconectar a ese nivel. Ya sea porque nuestro hogar es ruidoso, lo compartimos con otras personas, o porque no tenemos un espacio tranquilo para nosotros mismos, donde nadie nos moleste y nos hable. Esa armadura pesa, no paras nunca de analizar, sobre pensar y observar demasiado. No tienes desconexión y a la larga, los estímulos se vuelven difusos, tu capacidad de observación y análisis mengua y dejas de tener ese toque que te caracterizaba como persona sensible a los estímulos del mundo, tu mundo interior se vuelve gris y finalmente te conviertes en uno más del rebaño.
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